ficcionalista!

(in)cierto modo de resistencia

Archivo para Julio 2004

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CONSECUENCIAS DEL MÉTODO



Aunque no se supo mucho de Bob en los últimos años pocos se sorprendieron al encontrar, la mañana del 12 de septiembre, su necrológica en la sección de artes y espectáculos de todos los diarios. Podían leerse en esas líneas consideraciones del tipo “cuando fue económicamente solvente, tomó clases en el Herbert Berghof Studio y en 1966 fue aceptado en el Actor’s Studio donde comenzó con el entrenamiento del Método de Lee Strasberg”. También que “el primer reconocimiento le llegó gracias a la producción off-Broadway The Cowboy Wants the Ghetto, por la que fue premiado como el mejor actor de la temporada 1967-68″. Se detallaba por ejemplo que “con la puesta de Does the Cougar Wear a Sweater? ganó su primer Tony”, o que en el cine “había debutado en Me, Jennifer (1969), con Patty Lake”. Y por supuesto no faltaba en ninguno el recorrido por la más gloriosa etapa de su cinematografía. En el Post, Gilbert Marshall se despachó con una apretada síntesis: “Con su segundo film, Fear In Button Park (1971), de Johnny Schiller, logró fama y reconocimiento en el papel de un adicto a las drogas. Fue en esa época que Percis Buick Capello lo eligió para un rol protagónico en Pater Familiae (1972), que le valió su primera nominación al premio de la Academia. Persicco (1973), de Rodney Summit, Pater Familae, Part II (1974) y Pig Day Evening (1975), también de Summit, fueron sus grandes éxitos de los setenta y las producciones que lo convirtieron en el referente del actor del Método Strasberg”. Lo último, lugar común en las notas

Bastante gente participó de las exequias si se tiene en cuenta que el tipo se había bajado del negocio hace ya mucho tiempo. Y es que al fin y al cabo la gente tiene esa especie de adoración por los artistas. Participar de sus vidas (o de su muerte, qué más da) los hace sentirse también importantes, los incluye en algo más grande que sus tristes existencias. Siempre es bueno brillar bajo una poderosa luz, aunque sea de otro, prestada por un rato.

Bob, siempre había sido generoso con la gente. Me acuerdo de una mañana en que salíamos del estudio y se nos acercó una chica un poco escualida para que le firmara un pedazo de papel miserable. Bob la subió al auto. “Vamos a tomar algo”, le dijo. Eran como las siete de la tarde, y noviembre, y el frío era como una navaja. La chica estaba embelesada. Bob me comentaba algo sobre el director de Jam Session; acusaba que era un estúpido, que pretendía que estuviera en el estudio a las cinco de la mañana para filmar unas tomas adicionales, unas para la edición final. Gary Felner era el montajista: un tipo odioso por donde se lo mirase. Bob pensó que era buena idea darle a conocer que sí, que podría ser que fuera y que incluso podía esperarlo con la boquilla del clarinete metida en el culo. Y cuando Bob dijo “culo” la chica, que seguía mirando embelesada, como dije, desde el asiento de atrás del Mustang emitió una especie de risita histérica y entrecortada. Entonces Bob –qué loco Bob, qué hijo de puta– se daba vuelta y le preguntaba si no le parecía que Gary era un verdadero estúpido, y ella cerraba los ojos y asentía con la cabeza mientras reía. Bob me golpeaba el hombro y repetía: “¿no es encantadora, eh? Además tiene muy buen humor…” Y también le preguntaba si quería comer algo en el veinticuatrohoras de la autopista. Entonces, me acuerdo que bajamos, nos sentamos y pidió para Jenny (o Lanny, o Franny o como la chica flaca se llamase) una bandeja de hot cakes embadurnados de miel o de jarabe de frambuesa y mientras miraba señalandome con el dedo cómo comía la chica, se reía y le dedicaba autógrafos a cada una de las cuatro hermanas que vivían en Chattanooga y se reía mientras me preguntaba cómo carajo se escribía “Chattanooga”.

Dos horas más tarde Bob, la chica y yo subimos al coche y nos lanzamos de nuevo a la ruta para dejarla a las puertas de una casa medio derruida en Lemon Grove, después de que Bob parase en K-Mart, bajase del auto y reapareciese quince minutos más tarde con unas enormes bolsas de supermercado llenas de comida y dulces para Jenny (o Lanny, o Franny) y su familia numerosa.

Otra noche fuimos a una fiesta en Beverly Hills, a la casa de Geena Madison. Era una de esas veladas temáticas, puede que del Imperio Romano o algo con togas, no recuerdo bien. Entonces Bob, completamente tomado y fumado, se subió a una mesa con unas ramas de laurel metidas en los calzones y a reclamar a grito pelado que las nenas más calientes fueran a participar de su coronación de gloria. Después de comenzar una pelea a puñetazos con Jimmy Cale porque le había tocado el culo a su puta, dos monos enormes lo sacaron a rastras mientras la estúpida de Geena le gritaba que había arruinado su fiesta.

Será triste acostumbrarnos a la ausencia de Bob. Triste que eso que las necrológicas reconocían como una de sus más destacables virtudes fuera también su perdición. Bob sí creía en el maldito Método y lo practicaba religiosamente. Fui testigo en más de una docena de ocasiones cómo el tipo quedaba desequilibrado después haber dado todo de sí. Cuando estaba en Idaho rodando Town Of The Braves tuve que quedarme tres noches a su lado porque no podía despegarse de la piel de su personaje, Tom Cuttie, el hombre perseguido al mismo tiempo por los indios y el séptimo de caballería. Ganó un Globo Dorado por esa. Mientras filmaba People Like You fue arrestado por robar durante seis noches seguidas en un Ninety Nine Cents de Los Ángeles. Yo mismo expliqué a la policía lo que pasaba pero no pude evitar que la maldita foto del prontuario fuese publicada por el National Inquirer. A Bob le importó bien poco. En realidad pidió que le compraran veinte ejemplares que repartió entre dealers, una caterva de rateros, dos drag-queens y un fiolo con que había pasado la noche. Y cuando se fue le firmó unos ejemplares a tres oficiales que habían cubierto la guardia. People… ganó tres Globos Dorados y tres premios de la Academia.

Entonces Bob se había entusiasmado con una película de época. Había visto La femme sans tête y al instante quiso comprar los derechos para una remake. Era generoso con sus amigos y prudente en sus decisiones así que convocó al buen Rodney para que lo dirigiera de nuevo. También era ambicioso: sabía que podría interpretar al verdugo Sans Son infinitamente mejor que Gerard Assant. Al lado de la de él, su actuación parecería la torpe imitación de Shakespeare de un tonto chimpancé. Engordó veinte kilos. Se afeitó la cabeza. Conquistó el phisique du rol de manera absoluta. Y para mejor llegó desde Italia María Grazia Baldarotta que había aceptado el papel de la salvaje cocinera de infantes condenada a muerte en la guillotina.

Bob atormentó a la italiana por dos semanas. La encerraba cada día en una de las casas levantadas especialmente para la producción, una de las cuarenta construcciones erigidas a imagen y semejanza de las de un barrio marginal de la París de comienzos del siglo XIX. La chica gritaba como una salvaje mientras se escuchaban insultos –en el más estricto francés, por supuesto– y se oían golpes atemorizantes a punto tal de que un par de veces los técnicos quisieron derribar la puerta enorme de hierro y madera sin éxito. Hacia las seis de la tarde la italiana salía medio desarropada y con los ojos y el rostro rojizos pero como en total éxtasis y nadie se atrevía a preguntarle nada. Al fin que el equipo cumplió con un cronograma estricto por dos meses. Aún así la compañia productora estaba inquieta y pedía ver algo del material que se hubiera rodado hasta el momento. Rodney sabía serenarlos pero los rumores que habían llegado a los oidos de los ejecutivos hacía complicado mantenerlos a raya. El 10 de septiembre –lo recuerdo: era el cumpleaños de la italiana– debía filmarse una de las escenas finales. Esa en que, sin motivo lógico alguno, la condenada enseñaba, ya en el cadalso, sus pechos desnudos para intentar conmover la voluntad del ejecutor y escapar de esa manera a su destino. Maria Grazia estaba sublime: su rostro reflejaba un grado de desesperación límite, uno que sin duda había logrado gracias a las terribles sesiones de tortura psicológica a la que Bob la había sometido durante casi un mes. Esa escena que jamás llegó a concluirse. En la historia real, el verdugo nunca alcanzó a apiadarse tanto como para no cumplir la sentencia para la que estaba programado. Enloqueció totalmente a causa de esa conducta absurda. En el film original, Gerard Assant la había concretado y después de filmar la escena, dicen, se tiró en su trailer a la protagonista, Emmanuelle Tevert, y a una de las actrices que interpretaba a la hija de uno de los jueces. A las dos juntas quiero decir. En la remake, Bob, ahí mismo, se quedó frío. No dijo nada más. Se quedó mirando las tetas de la italiana, esas desmesuradas ubres de esplendor incomparable, impávido. Cinco minutos se quedó así hasta que le tiré una manta encima y me lo llevé al camerino. Y de ahí a la clínica. Repetía interminablemente “Je ne peux pas le faire… Je ne peux pas… Je ne peux pas…” No dijo nada más. Durante seis meses estuvo bajo tratamiento y en observación en el Wright Institute Los Angeles para enfermos mentales. Nunca volvió a ser el mismo.

Y hoy leo su obituario en el diario.

Qué mierda, Bob, eras un tipo magnífico. Creo que me voy a poner el traje negro de Armani que me regalaste en el último cumpleaños que festejamos juntos. Ese que te gustaba tanto cómo me quedaba, Bob.
F.J.V.


Escrito por ficcionalista

Julio 31, 2004 a 10:30 pm

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CONSECUENCIAS DEL MÉTODO



Aunque no se supo mucho de Bob en los últimos años pocos se sorprendieron al encontrar, la mañana del 12 de septiembre, su necrológica en la sección de artes y espectáculos de todos los diarios. Podían leerse en esas líneas consideraciones del tipo “cuando fue económicamente solvente, tomó clases en el Herbert Berghof Studio y en 1966 fue aceptado en el Actor’s Studio donde comenzó con el entrenamiento del Método de Lee Strasberg”. También que “el primer reconocimiento le llegó gracias a la producción off-Broadway The Cowboy Wants the Ghetto, por la que fue premiado como el mejor actor de la temporada 1967-68″. Se detallaba por ejemplo que “con la puesta de Does the Cougar Wear a Sweater? ganó su primer Tony”, o que en el cine “había debutado en Me, Jennifer (1969), con Patty Lake”. Y por supuesto no faltaba en ninguno el recorrido por la más gloriosa etapa de su cinematografía. En el Post, Gilbert Marshall se despachó con una apretada síntesis: “Con su segundo film, Fear In Button Park (1971), de Johnny Schiller, logró fama y reconocimiento en el papel de un adicto a las drogas. Fue en esa época que Percis Buick Capello lo eligió para un rol protagónico en Pater Familiae (1972), que le valió su primera nominación al premio de la Academia. Persicco (1973), de Rodney Summit, Pater Familae, Part II (1974) y Pig Day Evening (1975), también de Summit, fueron sus grandes éxitos de los setenta y las producciones que lo convirtieron en el referente del actor del Método Strasberg”. Lo último, lugar común en las notas

Bastante gente participó de las exequias si se tiene en cuenta que el tipo se había bajado del negocio hace ya mucho tiempo. Y es que al fin y al cabo la gente tiene esa especie de adoración por los artistas. Participar de sus vidas (o de su muerte, qué más da) los hace sentirse también importantes, los incluye en algo más grande que sus tristes existencias. Siempre es bueno brillar bajo una poderosa luz, aunque sea de otro, prestada por un rato.

Bob, siempre había sido generoso con la gente. Me acuerdo de una mañana en que salíamos del estudio y se nos acercó una chica un poco escualida para que le firmara un pedazo de papel miserable. Bob la subió al auto. “Vamos a tomar algo”, le dijo. Eran como las siete de la tarde, y noviembre, y el frío era como una navaja. La chica estaba embelesada. Bob me comentaba algo sobre el director de Jam Session; acusaba que era un estúpido, que pretendía que estuviera en el estudio a las cinco de la mañana para filmar unas tomas adicionales, unas para la edición final. Gary Felner era el montajista: un tipo odioso por donde se lo mirase. Bob pensó que era buena idea darle a conocer que sí, que podría ser que fuera y que incluso podía esperarlo con la boquilla del clarinete metida en el culo. Y cuando Bob dijo “culo” la chica, que seguía mirando embelesada, como dije, desde el asiento de atrás del Mustang emitió una especie de risita histérica y entrecortada. Entonces Bob –qué loco Bob, qué hijo de puta– se daba vuelta y le preguntaba si no le parecía que Gary era un verdadero estúpido, y ella cerraba los ojos y asentía con la cabeza mientras reía. Bob me golpeaba el hombro y repetía: “¿no es encantadora, eh? Además tiene muy buen humor…” Y también le preguntaba si quería comer algo en el veinticuatrohoras de la autopista. Entonces, me acuerdo que bajamos, nos sentamos y pidió para Jenny (o Lanny, o Franny o como la chica flaca se llamase) una bandeja de hot cakes embadurnados de miel o de jarabe de frambuesa y mientras miraba señalandome con el dedo cómo comía la chica, se reía y le dedicaba autógrafos a cada una de las cuatro hermanas que vivían en Chattanooga y se reía mientras me preguntaba cómo carajo se escribía “Chattanooga”.

Dos horas más tarde Bob, la chica y yo subimos al coche y nos lanzamos de nuevo a la ruta para dejarla a las puertas de una casa medio derruida en Lemon Grove, después de que Bob parase en K-Mart, bajase del auto y reapareciese quince minutos más tarde con unas enormes bolsas de supermercado llenas de comida y dulces para Jenny (o Lanny, o Franny) y su familia numerosa.

Otra noche fuimos a una fiesta en Beverly Hills, a la casa de Geena Madison. Era una de esas veladas temáticas, puede que del Imperio Romano o algo con togas, no recuerdo bien. Entonces Bob, completamente tomado y fumado, se subió a una mesa con unas ramas de laurel metidas en los calzones y a reclamar a grito pelado que las nenas más calientes fueran a participar de su coronación de gloria. Después de comenzar una pelea a puñetazos con Jimmy Cale porque le había tocado el culo a su puta, dos monos enormes lo sacaron a rastras mientras la estúpida de Geena le gritaba que había arruinado su fiesta.

Será triste acostumbrarnos a la ausencia de Bob. Triste que eso que las necrológicas reconocían como una de sus más destacables virtudes fuera también su perdición. Bob sí creía en el maldito Método y lo practicaba religiosamente. Fui testigo en más de una docena de ocasiones cómo el tipo quedaba desequilibrado después haber dado todo de sí. Cuando estaba en Idaho rodando Town Of The Braves tuve que quedarme tres noches a su lado porque no podía despegarse de la piel de su personaje, Tom Cuttie, el hombre perseguido al mismo tiempo por los indios y el séptimo de caballería. Ganó un Globo Dorado por esa. Mientras filmaba People Like You fue arrestado por robar durante seis noches seguidas en un Ninety Nine Cents de Los Ángeles. Yo mismo expliqué a la policía lo que pasaba pero no pude evitar que la maldita foto del prontuario fuese publicada por el National Inquirer. A Bob le importó bien poco. En realidad pidió que le compraran veinte ejemplares que repartió entre dealers, una caterva de rateros, dos drag-queens y un fiolo con que había pasado la noche. Y cuando se fue le firmó unos ejemplares a tres oficiales que habían cubierto la guardia. People… ganó tres Globos Dorados y tres premios de la Academia.

Entonces Bob se había entusiasmado con una película de época. Había visto La femme sans tête y al instante quiso comprar los derechos para una remake. Era generoso con sus amigos y prudente en sus decisiones así que convocó al buen Rodney para que lo dirigiera de nuevo. También era ambicioso: sabía que podría interpretar al verdugo Sans Son infinitamente mejor que Gerard Assant. Al lado de la de él, su actuación parecería la torpe imitación de Shakespeare de un tonto chimpancé. Engordó veinte kilos. Se afeitó la cabeza. Conquistó el phisique du rol de manera absoluta. Y para mejor llegó desde Italia María Grazia Baldarotta que había aceptado el papel de la salvaje cocinera de infantes condenada a muerte en la guillotina.

Bob atormentó a la italiana por dos semanas. La encerraba cada día en una de las casas levantadas especialmente para la producción, una de las cuarenta construcciones erigidas a imagen y semejanza de las de un barrio marginal de la París de comienzos del siglo XIX. La chica gritaba como una salvaje mientras se escuchaban insultos –en el más estricto francés, por supuesto– y se oían golpes atemorizantes a punto tal de que un par de veces los técnicos quisieron derribar la puerta enorme de hierro y madera sin éxito. Hacia las seis de la tarde la italiana salía medio desarropada y con los ojos y el rostro rojizos pero como en total éxtasis y nadie se atrevía a preguntarle nada. Al fin que el equipo cumplió con un cronograma estricto por dos meses. Aún así la compañia productora estaba inquieta y pedía ver algo del material que se hubiera rodado hasta el momento. Rodney sabía serenarlos pero los rumores que habían llegado a los oidos de los ejecutivos hacía complicado mantenerlos a raya. El 10 de septiembre –lo recuerdo: era el cumpleaños de la italiana– debía filmarse una de las escenas finales. Esa en que, sin motivo lógico alguno, la condenada enseñaba, ya en el cadalso, sus pechos desnudos para intentar conmover la voluntad del ejecutor y escapar de esa manera a su destino. Maria Grazia estaba sublime: su rostro reflejaba un grado de desesperación límite, uno que sin duda había logrado gracias a las terribles sesiones de tortura psicológica a la que Bob la había sometido durante casi un mes. Esa escena que jamás llegó a concluirse. En la historia real, el verdugo nunca alcanzó a apiadarse tanto como para no cumplir la sentencia para la que estaba programado. Enloqueció totalmente a causa de esa conducta absurda. En el film original, Gerard Assant la había concretado y después de filmar la escena, dicen, se tiró en su trailer a la protagonista, Emmanuelle Tevert, y a una de las actrices que interpretaba a la hija de uno de los jueces. A las dos juntas quiero decir. En la remake, Bob, ahí mismo, se quedó frío. No dijo nada más. Se quedó mirando las tetas de la italiana, esas desmesuradas ubres de esplendor incomparable, impávido. Cinco minutos se quedó así hasta que le tiré una manta encima y me lo llevé al camerino. Y de ahí a la clínica. Repetía interminablemente “Je ne peux pas le faire… Je ne peux pas… Je ne peux pas…” No dijo nada más. Durante seis meses estuvo bajo tratamiento y en observación en el Wright Institute Los Angeles para enfermos mentales. Nunca volvió a ser el mismo.

Y hoy leo su obituario en el diario.

Qué mierda, Bob, eras un tipo magnífico. Creo que me voy a poner el traje negro de Armani que me regalaste en el último cumpleaños que festejamos juntos. Ese que te gustaba tanto cómo me quedaba, Bob.
F.J.V.


Escrito por ficcionalista

Julio 31, 2004 a 10:30 pm

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POST #100

Estoy mudado.

Algunos datos de interés general:

 

Vinos inaugurales: Santa Ana Malbec y Astica Malbec – Merlot de Trapiche. Viva Mendoza.

Almuerzo inaugural con Bo Mansoshi: Sandwichs de jamón cocido y mortadela (en pan lactal) con Tholem Jamón y Coca Cola.

Top 20 inaugural (en CD):

20. Moby. 18

19. Prince. The Vault… Old Friends 4 Sale

18. Propellerheads. Decksandrumsandrockandroll

17. U2. Achtung Baby

16. Aretha Franklin. The Very Best of…, Vol. 1

15. Various Artists. Pure Disco

14. ABBA. Arrival

13. Pizzicato Five. Made In USA

12. Joaquín Sabina. Dimelo en la calle

11. Mísia. Ritual

10. Dusty Springfield. Dusty In Memphis

09. Andrés Calamaro. El cantante

08. Mísia. Paixões Diagonais

07. Roberto Goyeneche. Roberto Goyeneche 4

06. Dusty Springfield. The Silver Collection

05. Tom Waits. Closing Time

04. Brad Mehldau. Elegiac Cycle

03. Beethoven. Piano Sonatas Nos. 14, 17 & 23

02. Horace Silver. Jazz Profile

01. Charly García. Clics modernos

Lecturas en papel: Yasunari Kawabata. Lo bello y lo triste. Página/12 y Ñ.

Hallazgo habitacional: la cocina para desayunar, almorzar y/o cenar.

Y una vuelta a cassettes viejos de Eurythmics y Charly García.

La ducha y la bañera, también grandes hallazgos.

Exitosa prueba de colores en paredes de living-comedor y dormitorio en tonos de naranja y azul, respectivamente.

La pintura aumentó mucho en estos años. Debe ser precio de commodity.

El todopordospesos es gran cosa para salir del paso. El kit de cortina de baño completo a $25 así lo atestigua.

El playmobil astronauta al lado del contestador automático inútil queda de lo más chic.

 

No hay línea telefónica disponible aún.

No hay estufa. Sólo un triste caloventor de 2000 watts y el horno de la cocina. Y hay chifletes.

No hay cable. No hay antena para canales de aire. No hay VCR. Escucha obligada de Radio Mitre y Kabul Rock.

…pero el corazón es grande.

Estou mudado

 

Escrito por ficcionalista

Julio 17, 2004 a 6:51 pm

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DOS POR ANIVERSARIO

El primero, aporte de mi amiga.

El segundo, de mi grato gusto porque cuando me fue obsequiado -hace ya tanto- me devastó el alma.

Ambos, Neruda, porque la fecha amerita.

* * *

¡Doy fe!

yo estuve allí,

yo estuve

y padecí y mantengo el testimonio

aunque no haya nadie

que recuerde

yo soy el que recuerda

aunque no queden ojos en la tierra

yo seguiré mirando

y aquí quedará escrita

aquella sangre,

aquel amor,

aquí seguirá ardiendo,

no hay olvido,

señores y señoras,

y por mi boca herida

aquellas bocas seguirán cantando.

“Yo recuerdo”, Memorial de Isla Negra.

* * *

Hay cementerios solos,

tumbas llenas de huesos sin sonido,

el corazón pasando un túnel

oscuro, oscuro, oscuro,

como un naufragio hacia adentro nos morimos.

como ahogarnos en el corazón,

como irnos cayendo desde la piel al alma.

Hay cadáveres,

hay pies de pegajosa losa fria,

hay la muerte en los huesos,

como un sonido puro,

como un ladrido sin perro,

saliendo de ciertas campanas, de ciertas tumbas,

creciendo en la humedad como el llanto o la lluvia.

Yo veo, solo, a veces,

ataúdes a vela

zarpar con difuntos pálidos, con mujeres de trenzas muertas,

con panaderos blancos como ángeles,

con niñas pensativas casadas con notarios,

ataúdes subiendo el río vertical de los muertos,

el río morado,

hacia arriba, con las velas hinchadas por el sonido

de la muerte,

hinchadas por el sonido silencioso de la muerte.

A lo sonoro llega la muerte

como un zapato sin pie, como un traje sin hombre,

llega a golpear con un anillo sin piedras y sin dedo,

llega a gritar sin boca, sin lengua,

sin garganta.

Sin embargo sus pasos suenan

y su vestido suena, callado como un árbol.

Yo no sé, yo conozco poco, yo apenas veo,

pero creo que su canto tiene color de violetas húmedas,

de violetas acostumbradas a la tierra,

porque la cara de la muerte es verde,

con la aguda humedad de una hoja de violeta

y su grave color de invierno exasperado.

Pero la muerte va también por el mundo vestida de escoba,

lame el suelo buscando difuntos,

la muerte está en la escoba,

es la lengua de la muerte buscando muertos,

es la aguja de la muerte buscando hilo.

La muerte está en los catres:

en los colchones lentos, en las frazadas negras

vive tendida, y de repente sopla:

sopla un sonido oscuro que hincha sábanas,

y hay camas navegando a un puerto

en donde está esperando, vestida de almirante.

“Solo la muerte”, Residencia en la Tierra.

Escrito por ficcionalista

Julio 12, 2004 a 8:40 pm

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DOS POR ANIVERSARIO

El primero, aporte de mi amiga.

El segundo, de mi grato gusto porque cuando me fue obsequiado -hace ya tanto- me devastó el alma.

Ambos, Neruda, porque la fecha amerita.

* * *

¡Doy fe!

yo estuve allí,

yo estuve

y padecí y mantengo el testimonio

aunque no haya nadie

que recuerde

yo soy el que recuerda

aunque no queden ojos en la tierra

yo seguiré mirando

y aquí quedará escrita

aquella sangre,

aquel amor,

aquí seguirá ardiendo,

no hay olvido,

señores y señoras,

y por mi boca herida

aquellas bocas seguirán cantando.

“Yo recuerdo”, Memorial de Isla Negra.

* * *

Hay cementerios solos,

tumbas llenas de huesos sin sonido,

el corazón pasando un túnel

oscuro, oscuro, oscuro,

como un naufragio hacia adentro nos morimos.

como ahogarnos en el corazón,

como irnos cayendo desde la piel al alma.

Hay cadáveres,

hay pies de pegajosa losa fria,

hay la muerte en los huesos,

como un sonido puro,

como un ladrido sin perro,

saliendo de ciertas campanas, de ciertas tumbas,

creciendo en la humedad como el llanto o la lluvia.

Yo veo, solo, a veces,

ataúdes a vela

zarpar con difuntos pálidos, con mujeres de trenzas muertas,

con panaderos blancos como ángeles,

con niñas pensativas casadas con notarios,

ataúdes subiendo el río vertical de los muertos,

el río morado,

hacia arriba, con las velas hinchadas por el sonido

de la muerte,

hinchadas por el sonido silencioso de la muerte.

A lo sonoro llega la muerte

como un zapato sin pie, como un traje sin hombre,

llega a golpear con un anillo sin piedras y sin dedo,

llega a gritar sin boca, sin lengua,

sin garganta.

Sin embargo sus pasos suenan

y su vestido suena, callado como un árbol.

Yo no sé, yo conozco poco, yo apenas veo,

pero creo que su canto tiene color de violetas húmedas,

de violetas acostumbradas a la tierra,

porque la cara de la muerte es verde,

con la aguda humedad de una hoja de violeta

y su grave color de invierno exasperado.

Pero la muerte va también por el mundo vestida de escoba,

lame el suelo buscando difuntos,

la muerte está en la escoba,

es la lengua de la muerte buscando muertos,

es la aguja de la muerte buscando hilo.

La muerte está en los catres:

en los colchones lentos, en las frazadas negras

vive tendida, y de repente sopla:

sopla un sonido oscuro que hincha sábanas,

y hay camas navegando a un puerto

en donde está esperando, vestida de almirante.

“Solo la muerte”, Residencia en la Tierra.

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Julio 12, 2004 a 8:40 pm

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JÓVENES LOBOS NEGROS

Detengo el coche en un semáforo de la Castellana de Madrid, y miro a uno y otro lado los enormes bloques de cemento, acero y cristal con rótulos de bancos, financieras y cosas así, sintiéndome como el conductor del carromato de las películas de John Ford, ya saben, cuando la caravana cruza el desfiladero mientras suenan tambores comanches y los pioneros se tocan con aprensión la cabellera. Estoy parado en el semáforo, como les cuento, pero hay un buen pedazo de sol que se mete entre las torres altísimas e ilumina la calle, enmarcando en un rectángulo de luz a dos niños que caminan con sus mochilas a la espalda camino del cole, a una viejecita que cruza despacio, a un señor de pelo gris que lee el Marca y a una señora madura, guapa, que cruza con el paso firme y el poderío de quien tuvo, y retuvo.

Mientras espero con las manos en el volante, pienso que no está mal del todo. Me refiero a esto. Siguen mandando los de siempre, claro. Los que no dejaron de hacerlo nunca. Pero la vida continúa, los chicos se besan en los parques, a los obispos nadie les hace ni puto caso, gracias a Dios, y a lo mejor ese mensaka con cara de peruano que se para al lado con la moto, o la mujer de aire eslavo y ojos claros que espera el autobús, traen en su sangre y en su ambición y en su voluntad la solución biológica que cambiará al fin esta España vieja, egoísta, insolidaria, enferma, cantamañanas e ignorante. A ver si hay suerte, me digo, y el indio y la ucraniana y el moro y el negro de color preñan a nuestras hijas y son preñados por nuestros hijos, rediós, y mandan a tomar por saco todo el tinglado de la antigua farsa y a los innumerables mangantes, demagogos y sinvergüenzas que viven de él, de trapichear con nuestra estupidez y nuestra vileza de casposo campanario de pueblo. A ver si los bárbaros cruzan en masa el Danubio otra vez y nos dan candela. La Historia demuestra que, a veces, de los incendios y el degüello nacen Venecias.

Estoy pensando en eso, más o menos, y hasta se me pone en la cara una sonrisilla, supongo. Como si el rectángulo de sol se hiciera más amplio y me iluminara también a mí. Entonces miro a la derecha y los veo salir del edificio de oficinas financieras. Son cinco hombres jóvenes que parecen troquelados en una máquina de fabricar ejecutivos: los mismos trajes oscuros, la misma clase de corbatas, la misma forma de peinarse, de caminar, de mirar, de imitarse unos a otros. Cantan de lejos, al primer vistazo. Teléfono móvil, ordenador portátil, inglés fluido, master aquí y allá, dinero en cualquiera de sus infinitas manifestaciones virtuales de ahora: plástico, impulsos electrónicos, fibra óptica. Son killers en versión postmoderna, asesinos cualificados desprovistos de piedad y de sentimientos. Fríos como peces, tiburones de moqueta dispuestos a vender su alma por ser durante cinco minutos Michael Douglas en Wall Street. Parecen, me digo al verlos pasar, una manada de lobos jóvenes y crueles: asépticos, seguros, guapos o intentando serlo, dispuestos a devorarse entre ellos sin remordimiento, miembros de una religión implacable cuyo cielo es medio punto más en la bolsa, cuyo purgatorio es el índice de cada día, cuyo único infierno es el fracaso. Se creen una casta privilegiada. Una élite. Pero en realidad, contemplados uno a uno, no son nada: sólo la prescindible infantería de un ejército siniestro. Basta fijarse en sus zapatos. Tarde o temprano la mayor parte de ellos caerá, será devorada por su propio Saturno ajeno a la compasión, y al minuto siguiente estarán otra vez ahí, idénticos a sí mismos, goteándoles el colmillo, dispuestos a ejercer la depredación para la que son entrenados. Por eso, al verlos cruzar ante mi coche ajenos a todo lo que no sea el próximo zumbido del teléfono móvil o la próxima cotización, mirando el mundo con el desprecio y la avidez de su ambición –el bono de rendimiento, el sueldazo, el coche de quince kilos, el chalet maravilloso, la mujer despampanante, las vacaciones caribeñas de cinco estrellas– siento que una nube oscura oculta el rectángulo de sol y que el día se vuelve gris. Y pienso que el mensaka peruano y la polaca de la parada del autobús y yo mismo, por mucho cóctel biológico y mucha imaginación que nosotros o nuestros nietos le echemos al asunto, nunca tendremos la menor posibilidad –nunca la tuvimos, y ahora menos que nunca– en manos de estos inmortales e implacables hijos de puta.

Arturo Pérez-Reverte, 13 de junio de 2004

(Sugerido por Polman, a quien se agradece)

Escrito por ficcionalista

Julio 12, 2004 a 1:54 am

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ficcionalista! RECOMIENDA



Michel Gondry. Eternal Sunshine of the Spotless Mind

Escrito por ficcionalista

Julio 12, 2004 a 1:35 am

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ficcionalista! RECOMIENDA



Michel Gondry. Eternal Sunshine of the Spotless Mind

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Julio 12, 2004 a 1:35 am

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POSTALES .005

Las mudanzas son situaciones particularmente incómodas. Al necesario proceso de limpieza se suma el de selección; qué es lo que se queda, qué es lo que se va. Me molesta tener que decidir sobre ciertas cosas. A mí, que me cuesta deshacerme de suplementos de diario de 1999. Debería darme más al desapego, un poco más de zen en mi vida no vendría mal. Pero en medio de tamaña crisis también se producen acontecimientos felices. Unos pocos CD quedan fuera de las cajas y serán los que nos acompañen durante las horas que dure el trauma. Así es que tienen lugar inesperados reencuentros. Por ejemplo, hace minutos giraba Clics Modernos. Redescubrir “Ojos de video tape”, “No soy un extraño”, o “Plateado sobre plateado” reconforta el espíritu. Mientras escribo estas líneas me doy a la escucha de Sueño Stereo: “Ella usó mi cabeza como un revólver”, “Paseando por Roma” o “Zoom”. Y no dejo de notar que las cajas de los viejos CD son más rígidas, tienen otro cuerpo, pesan más.

Un respiro para Donna Regina, Julieta Venegas y Air no está mal.

Todos nosotros lo merecemos.

Escrito por ficcionalista

Julio 12, 2004 a 1:11 am

Escrito en Uncategorized

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Las mudanzas son situaciones particularmente incómodas. Al necesario proceso de limpieza se suma el de selección; qué es lo que se queda, qué es lo que se va. Me molesta tener que decidir sobre ciertas cosas. A mí, que me cuesta deshacerme de suplementos de diario de 1999. Debería darme más al desapego, un poco más de zen en mi vida no vendría mal. Pero en medio de tamaña crisis también se producen acontecimientos felices. Unos pocos CD quedan fuera de las cajas y serán los que nos acompañen durante las horas que dure el trauma. Así es que tienen lugar inesperados reencuentros. Por ejemplo, hace minutos giraba Clics Modernos. Redescubrir “Ojos de video tape”, “No soy un extraño”, o “Plateado sobre plateado” reconforta el espíritu. Mientras escribo estas líneas me doy a la escucha de Sueño Stereo: “Ella usó mi cabeza como un revólver”, “Paseando por Roma” o “Zoom”. Y no dejo de notar que las cajas de los viejos CD son más rígidas, tienen otro cuerpo, pesan más.

Un respiro para Donna Regina, Julieta Venegas y Air no está mal.

Todos nosotros lo merecemos.

Escrito por ficcionalista

Julio 12, 2004 a 1:11 am

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